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Archivo mensual: diciembre 2009

Los terrícolas frustrados.

Darío L. Machado Rodríguez.

Vivimos en el planeta Tierra. Para todos sin excepción sale el sol todos los días, nos servimos del oxígeno que almacena la única atmósfera de la que disponemos y sufrimos, todos, la sostenida elevación de la temperatura global. La biosfera está en peligro y con ella todos los seres vivos, incluyéndonos, como recordara Fidel en la Conferencia de Río de Janeiro, a los seres humanos. Hoy más que nunca la humanidad necesita sensatez, buen juicio y, sobre todo, solidaridad. Sin esos ingredientes no tendremos oportunidad de salir de esta peligrosa encrucijada.

Las previsiones de los científicos estipulan que, de seguir como vamos, la temperatura media de la superficie del planeta habrá aumentado entre 1,4 y 5,8° C antes que termine el presente siglo. Los polos se derretirán, los océanos y mares aumentarán su caudal, las pequeñas islas y las grandes ciudades construidas en las costas y a la vera de los ríos estarán seriamente amenazadas de desaparecer, morirán numerosas especies vivas, los huracanes serán aún más intensos y fuertes, las inundaciones alternarán con las sequías, la radiación solar será más intensa y peligrosa para la salud humana, la lluvia ácida afectará gravemente los suelos. Es difícil imaginar el Apocalipsis en ciernes.

Aunque el término ecología (del griego “oikos”: casa y “logos”: estudio o tratado) lo propuso el científico Ernst Haeckel en 1869, cuando no se vislumbraba el enorme peligro que el desarrollo industrial capitalista traería aparejado y durante décadas era sobre todo asunto de científicos ocupados en conocer las relaciones de los seres vivos con el medio ambiente, fue recién a partir de mediados del siglo pasado que el término cobró mayor connotación y conocimiento popular en la medida en que los estragos del metabolismo económico del capitalismo se hicieron más evidentes en la naturaleza y en el propio ser humano.

Pero la velocidad de incremento de la conciencia del desastre inminente y la disposición a enfrentarlo es dispareja. Parece pura esquizofrenia, incapacidad de explicarnos lo que nos está sucediendo, por más que la conocida parábola de la catástrofe aérea en la que perecen todos, los que viajan en clase turística, los que viajan en primera y los que conducen el avión, es sencilla y harto comprensible.

Sin embargo, hay explicación. Y ella se encuentra en el propio sistema capitalista mundial, en el individualismo y egoísmo propios del liberalismo y del neoliberalismo, una realidad diametralmente opuesta a la solidaridad imprescindible para enfrentar con alguna posibilidad de éxito tan complejo problema, quizá el más difícil de todos los dilemas de la historia.

A Copenhague había que ir, pero no todos los que se reunieron en esa Cumbre fueron a ella con igual disposición de poner primero los intereses estratégicos de la especie humana y ser consecuentes con ello, lo que incluye renunciar al consumismo, al despilfarro irresponsable de los recursos no renovables, a la carrera armamentista, al hegemonismo y a la guerra, y adoptar una actitud amigable hacia la naturaleza y hacia todos los seres humanos. Es que la humanidad sufre una crisis de representación.

Cabe entonces hacernos algunas preguntas, tenemos derecho a ello como terrícolas. ¿Quiénes asisten a esas cumbres? Una respuesta rápida sería: los representantes de los gobiernos electos, el poder político de las naciones. Pero cuál es la relación de esos políticos con el poder económico, ese que siempre está ahí y que no se somete nunca a la prueba de las urnas. ¿Cuáles son las voces que realmente hablan en esos encuentros? ¿A cuáles intereses defienden? ¿A quiénes representan verdaderamente?

La propuesta del Presidente de Bolivia, Evo Morales, es tan elemental como sabía: ahí no habría acuerdo.

Repasemos la historia reciente. En Río de Janeiro se convocó la ya mencionada Conferencia sobre Medio Ambiente; luego pasaron 5 largos años antes de que se produjera en Kyoto la Tercera Conferencia de las Partes de la Convención sobre Cambio Climático y se firmara el protocolo que los Estados Unidos no ratificaron y más tarde abandonaron siendo presidente el perturbado George W. Bush. El Protocolo de Kyoto iniciaba el compromiso de disminuir las emisiones de gases con efecto invernadero, algo que debería lograrse en 2012, o sea, apenas ya dentro de 3 años. La realidad es que la emisión de CO2 como resultado de quemar carbón, petróleo y gas aumentó más de un 40% y que esta Cumbre de Copenhague tiene lugar 12 años después de firmado el ya lánguido Protocolo de Kyoto.

Consecuentes con su empobrecida ideología, el gobierno norteamericano ofreció en Copenhague un puñado de dólares devaluados y en lo adelante quizá más devaluados aún, para contrarrestar los efectos del cambio climático en los países subdesarrollados, o sea, prometió paliar los efectos sin eliminar las causas, papeles por salud y vida, un ofrecimiento mercantil vulgar, un pago irrisorio por daños y perjuicios. Ya lo expresó con claridad y profundidad en la Cumbre de Copenhague el presidente venezolano Hugo Chávez: “El capitalismo está amenazando con acabar con la vida. Si el clima fuera un banco ya lo habrían salvado” sentenció.

Las soluciones tienen que venir de la mano de otra lógica, de otro modo de apreciar la vida, de otro concepto de bienestar y de felicidad. No habrá solución posible al gravísimo problema del cambio del clima si no logramos primero un clima de cambio, que implica, de últimas, un modo de vida diferente, un concepto de calidad de vida distinto al impuesto por el capitalismo tardío.

Sobrada razón tiene Evo Morales cuando reconoce y denuncia las diferencias entre los presidentes presentes en la Cumbre. Cuando propone un camino democrático para enfrentar el problema: un referendo mundial vinculante, está en esencia planteando cinco acciones que solo podrán realizarse si se anteponen los derechos de la humanidad al egoísmo y la ambición: restablecer el equilibrio ecológico, eliminar el consumismo y el despilfarro, reducir las emisiones de gas invernadero, convertir el presupuesto de la guerra en un presupuesto para la defensa del medio ambiente y constituir un tribunal de justicia climática para juzgar a quienes atenten contra la naturaleza.

Lo que ha ocurrido puertas adentro de la Cumbre nada tiene en común con la democracia: obstáculos, acuerdos a puertas cerradas, propuestas mediocres, engaños y demagogia. Los terrícolas estamos frustrados con la Cumbre, pero con mayor conciencia para comprender las verdaderas causas del problema y actuar en consecuencia. Tampoco lo ocurrido puertas afuera donde fueron brutalmente reprimidos los activistas ecológicos que allí reclamaban lo que finalmente no se logró.

Hay que luchar. El desarrollo sostenible es un deber elemental de cada país, de cada región, de cada localidad. Hay que poner a la ciencia y a la tecnología al servicio de ese desarrollo y no levantarles un altar esperando que resuelvan los problemas del capitalismo para que todo siga con la misma lógica perversa. Y hay que actuar con justicia y no descargar, una vez más, las peores consecuencias sobre los países pobres y en vías de desarrollo.

Cuba es el único país del mundo que cumple con los requisitos de un desarrollo sostenible, según el informe del Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF por sus siglas en inglés) de finales de 2006. Las dos variables que se emplearon para el estudio fueron: el IDH (Índice de Desarrollo Humano de la ONU) y lo que denominaron “huella ecológica” que se refiere a la energía y los recursos por persona que se consumen en cada país. Los resultados de Cuba cubrieron los criterios mínimos para afirmar que el desarrollo es sostenible.

Entrevistado entonces por la agencia EFE, Jonathan Loh, uno de los autores del informe dijo: “No significa, por supuesto, que Cuba sea un país perfecto, pero sí que es el que cumple las condiciones” y añadió “Cuba alcanza un buen nivel de desarrollo según la ONU gracias a su alto nivel de alfabetización y una esperanza de vida bastante alta, mientras que su ‘huella ecológica’ no es grande al ser un país con bajo consumo de energía”.

Efectivamente, la sociedad cubana como promedio está por debajo de los niveles de consumo que necesita, en primer lugar por el feroz bloqueo económico de los EEUU, precisamente la potencia que más gases de efecto invernadero emite a la atmósfera, pero en el fondo subyace un criterio de bienestar y calidad de vida diametralmente opuesto al del capitalismo que pone el énfasis en el ser humano, la justicia, la equidad y la inclusión.

El nuevo informe de WWF en 2008 no destaca el que más países se hayan sumado al desarrollo sostenible. James Leape, director general de WWF en su análisis expresa que: “El mundo está preocupado por las consecuencias de haber sobrevalorado sus recursos financieros. Sin embargo, lo que realmente amenaza a la sociedad es la crisis del crédito ecológico causada por infravalorar el capital ambiental, base de la supervivencia y la prosperidad.”

El informe revela que más del 75% de la población mundial vive en países en los que el consumo nacional está por encima de su propia capacidad biológica, lo que los convierte en “deudores ecológicos” del planeta. Leape añade en el texto que “Muchos de nosotros estamos manteniendo un estilo de vida y crecimiento económico gracias al uso y extracción del capital ecológico de otras zonas del planeta”.

Tal es la magnitud del problema que de seguir como vamos, dentro de apenas 20 años harán falta dos planetas Tierra para mantener los niveles de crecimiento que satisfagan el estilo de vida prevaleciente, que es el que ha conformado el capitalismo como modelo de bienestar.

Sólo cuando se cobre suficiente conciencia del lujo obsceno en el que viven las sociedades y los sectores opulentos y derrochadores y se abra paso en el mundo la verdadera democracia, la del pan, el trabajo, la salud, la educación, la cultura, la solidaridad, la hermandad entre los seres humanos, podremos comenzar a hacer lo que hace rato debimos haber hecho. Pero no será un camino fácil. Es además, un problema demasiado importante para dejarlo en manos irresponsables y egoístas.

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Publicado por en diciembre 20, 2009 in Mundo

 

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Los lacayos climáticos.


Mario Luis ALTUZAR SUÁREZ

Fracasó el rescate de la tierra y se condenó la supervivencia de la humanidad. Polarizados en Copenhague los lacayos defendieron los intereses económicos transnacionales frente a los reclamos de los países pobres. Se augura el cumplimiento de la profecía apocalíptica del hambre, desastres naturales y guerras por el agua.

El costo de los desastres naturales por el calentamiento global en América Latina se estimó en 8 mil 600 millones de dólares anuales en los últimos 8 años, por la CEPAL en el estudio “La economía del cambio climático en América Latina y el Caribe. Síntesis 2009″. Y alcanzará al 137 por ciento del Producto Interno Bruto.

Un estudio realizado en 15 países: Argentina, Belice, Bolivia, Chile, Costa Rica, Ecuador, El Salvador, Guatemala, Honduras, México, Nicaragua, Panamá, Paraguay, República Dominicana y Uruguay, por los gobiernos de Alemania, Dinamarca, España y Reino Unido, así como de la Unión Europea, el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), el Mecanismo Mundial de la Convención de las Naciones Unidas de Lucha contra la Desertificación y otras instituciones.

Con base en un estudio de la ONU en 2004, del cien por ciento de emisiones de gases con efecto invernadero, Estados Unidos emite el 24.3%, Unión Europea 15.3%, China 14.5%, Rusia 5.9%, India 5.1%, Japón 5%, Alemania 3.3%, Inglaterra 2.3%, Canadá 2.1%, Corea del Sur 1.8% al igual que Italia y México 1.6%.

La causa detectada es el proceso de producción en donde todo contamina, desde la industria que elude aplicar sistemas anticontaminantes para proteger la atmósfera, hasta el sector agrícola sin el procesamiento de sus desechos que degradan la tierra y los servicios con el sistema urbano que envían los desperdicios a los ríos y estos al mar.

Un modelo liderado por las transnacionales con potencial económico para financiar las campañas políticas e imponer así, a sus representantes en cargos llamados de elección popular. En Copenhague, dijo Ban Kee Moon: “Hay más de 130 dirigentes mundiales reunidos aquí. Si no pueden lograr un acuerdo, ¿quién podrá conseguirlo?”

Nadie. Por ejemplo, la secretaria de Estado estadounidense, Hilary Rodman Clinton acusó a las economías emergentes, los menos contaminantes, de dar marcha atrás sobre la transparencia de sus compromisos para luchar contra el cambio climático. Y reafirmó su política injerencista: Estados Unidos desearía poder verificar, medir y controlar los esfuerzos iniciados por China principalmente contra el cambio climático.

Eludió mencionar el estudio en 2005 de Environmental Integrity Project, una organización ambientalista no lucrativa con sede en Washington, a las 359 plantas eléctricas más grandes de Estados Unidos que concluyó, según el consejero Ilan Levin: “Podríamos decir que la industria eléctrica tiene un sucio secreto”.

Contó Estados Unidos con sus “aliados naturales”, Colombia y México. El presidente mexicano, Felipe Calderón parafraseó a la señora Clinton: los esfuerzos anticontaminantes deben ser asumidos tanto por las naciones desarrolladas como en desarrollo, y puso de ejemplo la campaña transnacional de Luz Verde en México.

Divorciado totalmente el panista moreliano de Latinoamérica: Bolivia exigió liberar de su esclavitud a la Madre Tierra, Brasil pidió a los países desarrollados reducciones de emisiones ambiciosas que corresponda con sus responsabilidades históricas, Ecuador recibió el apoyo a su iniciativa de mantener sin explotar un yacimiento subterráneo de petróleo a cambio de ayuda financiera internacional.

Cumplió el mexicano a la expectativa de su Premio Globe del The Global Legislators Oranization, recibido del Primer Ministro de Inglaterra, Gordon Browm, antes de participar en la XV Cumbre sobre Cambio Climático de la ONU. Y se le vio rozagante al escuchar al presidente de los Estados Unidos, su “amigo” Barack Obama.

.Así, con los intereses lacayunos y serviles a la dictadura de las transnacionales, era natural el fracaso del último intento para rescatar a la Tierra y salvar a la humanidad. Los optimistas dicen que en 10 años el calentamiento global será incontrolable. Los pesimistas estiman que será en 5 años. Y los lacayos también lo resentirán. La naturaleza no entiende de tráfico de influencias políticas o de ricos poderosos.

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Publicado por en diciembre 20, 2009 in Mundo

 

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Sólo 25 países redactaron documento final de Copenhague.


La delegada de Venezuela en la Cumbre de Copenhague, Claudia Salermo, alertó este sábado que sólo 25 países participaron en la redacción del documento L-7, borrador de resolución que ha mantenido trabada la cumbre ante falta de consenso, acción que va contra las normas de la reunión. Advirtió que el texto no “posee ninguno de los números que podrán salvar los problemas de países en vías de desarrollo”.

Salermo explicó que un grupo de países trataban de resolver un problema, en un lugar que sólo ellos conocen, y que no podían resolver con el resto de las naciones. Unos 25 países acordaron los puntos del acuerdo “y esta reflejado en el L-7″.

Denunció que dividieron los grupos, en dos partes, “los dos procesos nos llevaron a documentos diferentes”.

Destacó la transparencia del equipo de redacción donde estuvieron presentes los demás países, distintos al grupo de los 25 que trabajó en un piso diferente (arriba específicamente). “Esperando el anunció de la plenaria, nunca llegó, luego supimos que el aviso vendría del piso de arriba donde se resolvía el problema”.

La venezolana aseguró que se había acordado al inicio del foro que “la presidencia no iba a hacer documentos, no iba negociar, los presidentes no iban a redactar”, pero esto no fue lo que ocurrió.

“El documento L-7 no coloca, no posee ninguno de los números que podrán salvar los problemas de los países en vías de desarrollo”.

Los números de los países industrializados se “concentran en dos grados de temperatura y dinero, unos 210 billones de dólares” al año, sólo 112 mil 300 millones de dólares se gastó en el año 2008 para la guerra, afirmó la delegada venezolana.

“Yo me sumo a la voz de Maldiva, Tuvalu (…) aquí no estamos mendingando” enfatizó y exhortó a los países a que se concentren en números que “permitan salvar sus vidas”.

En este sentido, la venezolana propuso que el texto L-7 quede como “misceláneo y será parte de otra propuesta”, pues este tipo de documento permite que se siga discutiendo.

Venezuela urgió a los “señores desarrollados que deben guardar sus chequeras” y lideren sus Gobiernos como “principios que claman la vida”.

“Los principios no se compran” insistió la delegada, quien calificó la conferencia de “estéril”.

Por último recordó que “las decisiones sólo se toman por consenso (…) si usted decide irrespetar los procesos” el mundo evidenciará “que es un proceso viciado”.

Fuente: TeleSur

 
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Publicado por en diciembre 20, 2009 in Mundo

 

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La cumbre de Copenhague sobre el clima o “El traje nuevo del emperador”

Amy Goodman

Dinamarca es el país del reconocido escritor de libros infantiles Hans Christian Andersen. Copenhague está lleno de lugares históricos en los que Andersen vivió y escribió. “La Sirenita” es uno de sus cuentos más famosos, y fue publicado en 1837, el mismo año en que se publicó “El traje nuevo del emperador”.

Mientras la cumbre de las Naciones Unidas sobre el cambio climático, denominada “COP 15”, ingresa en su última semana, y más de 100 líderes mundiales llegan a la ciudad en medio de crecientes protestas, la idea de que surja un acuerdo vinculante de esta conferencia parece cada vez más un cuento de hadas.

La realidad es más cruda. Las negociaciones han fracasado varias veces, con divisiones entre el Norte global, o los países industrializados, y el Sur global. Estados Unidos lidera a los países del Norte. Es el mayor contaminador del mundo en términos históricos y lidera la lista en cuanto a emisiones de carbono per cápita. Entre las naciones del Sur hay varios grupos, como los países menos desarrollados o PMD; las naciones africanas; y las naciones de la Alianza de Pequeños Estados Insulares (APEI). Se trata de lugares donde millones de personas viven en constante peligro, afectadas de manera directa por el cambio climático y teniendo que lidiar con sus efectos, desde ciclones hasta sequías, erosión e inundaciones. Tuvalu, cerca de Fiji, y otras naciones insulares, por ejemplo, están preocupadas de que el creciente aumento del nivel del mar borre a sus países del mapa.

Nuevos conceptos sobre esta crisis están surgiendo en la COP 15. La gente habla de justicia climática, de deuda climática y de refugiados climáticos. La científica y activista india Vandana Shiva fue una de las oradoras de la manifestación por justicia climática realizada el sábado en Copenhague, en donde participaron 100.000 personas. Después de su discurso le pedí que respondiera al negociador sobre clima de Estados Unidos, Jonathan Pershing, que dijo que el gobierno de Obama está dispuesto a pagar la parte que le corresponde, pero agregó que los donantes “no tienen fondos ilimitados para desembolsar”. Shiva respondió: “Creo que es hora de que Estados Unidos deje de verse a sí mismo como donante y comience a reconocerse como contaminador, un contaminador debe pagar una compensación por los daños y debe pagar su deuda ecológica. No se trata de caridad. Se trata de justicia”.

Shiva continuó diciendo: “Un refugiado climático es alguien que fue arrancado de su hogar, de la tierra que es su sustento por la inestabilidad climática. Podría tratarse de personas que han tenido que dejar su agricultura debido a la sequía prolongada. Podría tratarse de comunidades en los Himalayas que están teniendo que abandonar sus aldeas, ya sea debido a que las inundaciones repentinas están haciendo desaparecer sus aldeas o debido a que las corrientes de agua están desapareciendo. (…) Podría tratarse de las víctimas de un ciclón – 30.000 en una oportunidad, 100.000 en otra. Nunca regresan a su lugar”.

Tanto dentro como fuera de la cumbre hay una gran diversidad de organizaciones no gubernamentales, desde delegaciones de pueblos indígenas hasta grupos ambientalistas y de jóvenes. Sus esfuerzos, de diverso tipo pero coordinados, han consolidado un nuevo movimiento, un movimiento por la justicia climática. Hay amplio consenso entre las ONGs y el Sur global de que cualquier acuerdo que surja del proceso de la ONU debe ser “justo, ambicioso y vinculante”.

Según informan desde las Naciones Unidas, el propio Bella Center, donde se está desarrollando la cumbre, tiene su capacidad sobrepasada. Miles de personas hacen cola todos los días en el frío, esperando en vano ingresar a al Centro de la Bestia. Miles más, de las ONGs, están teniendo el acceso restringido, aparentemente para dejar lugar a los jefes de Estado que están de visita, sus séquitos y sus guardias de seguridad.

Fuera de la conferencia, Copenhague sufre una represión policial sin precedentes, con la mayor y más cara operación de seguridad en la historia de Dinamarca. Más de 1.200 personas fueron arrestadas el fin de semana, y en el momento en que se publica esta columna, se están denunciando arrestos selectivos a organizadores de las protestas y redadas policiales en los espacios de convergencia de protesta pública. Las tácticas policiales de mano dura le dan otro significado a la “COP 15”.

Al finalizar la marcha del sábado, el Arzobispo sudafricano Desmond Tutu habló en una vigilia por los niños, organizada por el grupo Avaaz.org : «El cambio climático ya es una grave crisis hoy en día. Pero podemos hacer algo al respecto. Si no lo hacemos… si no lo hacemos, no habrá mundo para dejarles a ustedes, esta generación. Ustedes no tendrán un mundo. Se estarán ahogando. Se estarán quemando en la sequía. No habrá alimentos. Habrá inundaciones. Solamente tenemos un mundo. Solamente tenemos un mundo. Si lo arruinamos, no hay otro. Y quienes piensan que los ricos van a escapar, ¡ja, ja, ja! O nadamos o nos hundimos juntos».

Luego, le pregunté al Arzopbispo Tutu si pensaba que el Presidente Barack Obama estaba avanzando en propuestas para solucionar el cambio climático. Respondió: “Esperemos que sí. Su elección le dio mucha esperanza al mundo. El otro día dije que ahora él tiene un Premio Nobel; debe hacerle honor a su premio”. El propio Arzopbispo Desmond Tutu ganó el premio Nobel de la Paz.

La semana pasada, mientras la estatua de hielo del oso polar se derretía en el centro de la ciudad, revelando poco a poco el esqueleto de dinosaurio que estaba oculto dentro, una pequeña réplica de hielo de la famosa estatua de La Sirenita de Copenhague se derretía frente al Bella Center. Ahora ya no queda nada de ella. Obama está haciendo su segundo intento de ganar un premio en Copenhague, luego de la vergüenza de los fallidos Juegos Olímpicos de Chicago. A menos que utilice la nueva definición de la Agencia de Protección Ambiental de que el dióxido de carbono es una amenaza a la salud pública para lograr un acuerdo justo, ambicioso y vinculante, quizá veamos la obra de Hans Christian Andersen “El traje nuevo del Emperador” representada en el escenario mundial.

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Denis Moynihan colaboró en la producción periodística de esta columna.

© 2009 Amy Goodman

 
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Publicado por en diciembre 18, 2009 in Mundo

 

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Lo que está en juego en Copenhague.

Leonardo Boff.

En Copenhague, los 192 representantes de los pueblos se enfrentan a algo irreversible: la Tierra ya se ha calentado, en exceso, por causa de nuestro estilo de producir, de consumir y de tratar la naturaleza. Sólo nos cabe adaptarnos a los cambios y mitigar sus efectos perversos.

Lo normal sería que la humanidad se preguntase como un médico pregunta a su paciente: ¿por qué hemos llegado a esta situación? Importa considerar los síntomas e identificar la causa. Sería un error tratar los síntomas dejando sin tratar la causa, que seguiría amenazando la salud del paciente. Es exactamente lo que parece estar ocurriendo en Copenhague. Se buscan medios para tratar los síntomas pero no se va a la causa fundamental. El cambio climático con eventos extremos es un síntoma producido por gases de efecto invernadero que tienen la huella digital humana. Las soluciones sugeridas son: disminuir los porcentajes de gases, más altos para los países industrializados y más bajos para aquellos en desarrollo; crear fondos financieros para socorrer a los países pobres y transferir tecnologías para los atrasados. Todo esto en el marco de incontables discusiones que dificultan los consensos mínimos.

Estas medidas atacan solamente los síntomas. Hay que ir más al fondo, a las causas que producen tales gases perjudiciales para la salud de todos los vivientes y de la propia Tierra. Copenhague sería la ocasión de echarle valor y hacer un balance de nuestras prácticas en relación con la naturaleza, reconocer con humildad nuestra responsabilidad y con sabiduría recetar el remedio adecuado. Pero no es esto lo que está previsto. La estrategia dominante es como recetar aspirina a quien tiene una grave enfermedad cardiaca en vez de hacerle un trasplante.

Tiene razón la Carta de la Tierra cuando reza: ”Como nunca antes en la historia, el destino común nos convoca a buscar un nuevo comienzo… Esto requiere un cambio en la mente y el corazón”. Es exactamente esto: no bastan los remiendos, necesitamos recomenzar, es decir, encontrar una forma diferente de habitar la Tierra, de producir y de consumir con una mente cooperativa y un corazón compasivo.

De entrada urge reconocer que el problema no es sí la Tierra sino nuestra relación con la Tierra. Ella ha vivido más de cuatro mil millones de años sin nosotros y puede continuar tranquilamente sin nosotros. Nosotros no podemos vivir sin la Tierra, sin sus recursos y servicios. Tenemos que cambiar. La alternativa al cambio es aceptar el riesgo de nuestra propia destrucción y de una terrible extinción de la biodiversidad.

¿Cuál es la causa? El sueño de buscar la felicidad a través de la acumulación material y del progreso sin fin, usando para eso la ciencia y la técnica con las cuales se puede explotar de forma ilimitada todos los recursos de la Tierra. Esa felicidad es buscada individualmente, entrando en competición unos con otros, favoreciendo así el egoísmo, la ambición y la falta de solidaridad.

En esta competición, los débiles son víctimas de aquello que Darwin llama selección natural. Sólo los que mejor se adaptan, merecen sobrevivir, los demás son, naturalmente, seleccionados y condenados a desaparecer. Durante siglos predominó este sueño ilusorio, haciendo pocos ricos por un lado y muchos pobres por el otro, a costa de una espantosa devastación de la naturaleza.

Raramente se plantea la pregunta: ¿puede una Tierra finita soportar un proyecto infinito? La respuesta nos viene siendo dada por la propia Tierra. Ella sola no consigue reponer lo que se le ha extraído. Perdió su equilibrio interno por causa del caos que hemos creado en su base físico-química y por la contaminación atmosférica que la hizo cambiar de estado. De continuar por este camino comprometeremos nuestro futuro.

¿Qué podríamos esperar de Copenhague? Apenas esta sencilla confesión: así como estamos no podemos continuar. Y un propósito simple: Vamos a cambiar de rumbo. En vez de la competición, la cooperación. En vez de progreso sin fin, armonía con los ritmos de la Tierra. En lugar del individualismo, la solidaridad generacional. ¿Utopía? Si, pero una utopía necesaria para garantizar un porvenir.


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Publicado por en diciembre 17, 2009 in Mundo

 

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