Cuba-Beijing y unos números contundentes

BEIJING Y UNOS NÚMEROS CONTUNDENTES

Norelys Morales Aguilera

El lugar 28 de Cuba en el medallero olímpico es una victoria. La distribución de preseas por países se parece a nuestro actual mundo: para los que tienen más desarrollo y dinero es la gran cosecha de medallas. Los casos de Jamaica y Cuba por América Latina llaman a pensar en esta parte del mundo y es el sistema participativo la clave de sus aciertos.

No obtener medallas de oro en béisbol, boxeo o voleibol femenino fue una sacudida para los habitantes de Cuba, que siguieron en vivo las incidencias durante todas las madrugadas. A más de uno podía escucharse cuando se refería a su insomnio voluntario, tomando en cuenta la diferencia horaria con China. Como en cualquier parte, se quiere lo más alto del podio, tanto atletas como aficionados. El deporte como derecho del pueblo hace pensar siempre en la gloria olímpica, sin dudas.

Pero, pasado el instante de la emoción llega la reflexión. El ejercicio competitivo es un ámbito de renuevo constante y quien más invierte puede llevar a sus atletas más lejos, pero hay algo insustituible, la persona, lo que el deporte puede aportarle como calidad de vida. En eso se piensa en Cuba. Aunque, sí, siempre hay algún caso excepcional de medallista que se impone por su calidad, y esa fue la historia olímpica de Cuba antes de 1959. Honor para ellos.

A partir del lugar 79 por países ninguno obtuvo ni una medalla entre los más de 200 Comités Olímpicos nacionales que llevaron algún atleta a Beijing. Los cinco primeros puestos del medallero obtuvieron cientos de preseas. Ese es el más fiel reflejo de las desigualdades que padece nuestro mundo actual. Se sabe que un análisis de este tipo no puede ser en base a frías estadísticas. La tradición, la cultura, los ambientes, etc. son elementos que también influyen en competencias. Pero, esos números son contundentes.

Los modestos y corajudos atletas de la mayor parte de la geografía universal quedaron como abrumados espectadores en el área de competencia viendo casi de lejos un sueño. Y, como si fuera poco, en alguna que otra parte, algún compatriota que se destacó, ahora nacionalizado en cierta capital del Norte, ya no defiende los colores patrios, donde seguramente dio sus primeros pasos hacia la gloria olímpica. Algunos son tan viles como el abanderado de la delegación norteamericana, que ni menciona aquel país africano donde abriera los ojos. Todo un símbolo.

Aun en las actuales condiciones de desigualdad eso podría ser distinto. Por ejemplo, uno de los deportes más mercantilizados, como es el fútbol, hace respetar en sus contratos la representación por sus países de origen para los atletas profesionales. Si no fuera así Argentina o Brasil, no podrían tener sus destacadísimos planteles porque especialmente los equipos europeos irían plagados de nombres latinoamericanos o africanos.

Los especialistas tienen tela por donde cortar acerca de las Olimpiadas del 2008 en Beijing. China ha dado un maravilloso escenario, precedido de un devastador terremoto y críticas mal intencionadas de todo tipo. En el mundo no se detuvieron las guerras, como hacían los antiguos griegos, peor, el presidente Bush tuvo la peculiar actitud de emborracharse en las competencias, mientras los halcones de la guerra con su indudable consentimiento hacían de las suyas en el Caucazo. Vaya ejemplo del Imperio.

Ojala en el 2012 en Londres alguien pueda decir que los juegos olímpicos están reflejando un mundo distinto.

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