El regalo de Neruda

Carlos Rodríguez Almaguer

De que los poetas sean oídos, y se acerquen,
y trabajen a la par, vendrá la paz humana.”

José Martí

Treinta y cinco años se cumplen este 23 de septiembre del hasta luego triste que Pablo Neruda nos dijo solo 12 días después del criminal golpe de estado que arrebató a Chile su libertad y la vida del presidente Salvador Allende.

El Poeta, diplomático, senador, malacólogo, pertinaz aficionado a la arquitectura, amante incorregible de la vida, fue un indoblegable defensor de las causas más nobles de su tiempo. Sin embargo, como es de suponer, suele recordársele fundamentalmente por su obra lírica de la cual se han escrito, aún en vida del vate, innumerables y luminosas páginas.

En este aniversario, observando el panorama mundial que nos ofrece nuestro tiempo, y entreviendo el oscuro porvenir, todavía evitable, que depara a la especie humana, quiero recordar al Neruda esencial, a ése que desde el poema oral o escrito, en verso o en su vívida prosa que era también poesía, nos legó con sus actos y su vida un ejemplo de obligación moral de los intelectuales y los hombres y mujeres de buena voluntad, hacia las luchas cotidianas en aras de alcanzar un poco más de felicidad y de alegría para todos.

Al revolucionario que marchó junto a un numeroso grupo de escritores, artistas, hombres y mujeres de ciencia, a defender a la República Española, ese sueño truncado a la postre, y a cuya concreción entregó generosamente su juventud brillante y prometedora nuestro entrañable Pabro de la Torriente Brau.

Al Neruda que después de haber escrito “los versos más tristes” inspirado en los tiernísimos sentimientos que despertaron en él las bellezas femeninas, supo construir, con restos de papel y viejos trapos donados por los soldados republicanos, la pulpa con que esos mismos soldados elaboraron el papel en que se imprimirían los poemas guerreros que formaron su libro España en el corazón.

Al que, tras el descalabro de aquel sueño, cuando las hordas fascistas del Gran Caudillo se cebaron en la carne de los mantenedores de la utopía republicana y hasta los que se refugiaron en la culta Francia fueron hacinados en campos de concentración, intercedió ante su gobierno y fue designado por el presidente chileno cónsul especial para la inmigración española, con sede en París. Al que con ese título organizó, con habilidad de prestidigitador, la expedición del barco “Winnipeg”, donde cruzaron el Atlántico con destino a Chile más de dos mil españoles de diversas profesiones y oficios. Al Premio Nobel de Literatura que refiriéndose a esa hazaña llegó a decir que salvar esas vidas del dolor y la muerte, devolviéndoles otra vez la esperanza era el mejor poema que había escrito: “Que la crítica borre toda mi poesía, si le parece. Pero este poema, que hoy recuerdo, no podrá borrarlo nadie.”[1]

De ese hombre entrañable que siendo un trotamundos se sintió siempre en todas partes un hijo fiel de nuestra Madre América; del que cantó a la Revolución Cubana, a la Sierra Maestra y a Fidel, quiero recordar una singularísima respuesta dada a un periodista que le preguntó: “Si tuviera que concederle un regalo al mundo, ¿por cuál se decidiría?” a lo que el poeta respondió: “El mejor regalo sería la restauración de una verdadera democracia en los Estados Unidos. Es decir, la eliminación en ese país de las fuerzas regresivas que ensangrientan los territorios más distantes. Un gran país como éste, despojado de su prepotencia política y económica, sería un regalo para el mundo.”[2]

Tome nota de ello, en estos días de elecciones, el país de Walt Whitman, a quien Neruda consideró su maestro.

[1] Volodia Teitelboim, Neruda, Editorial Arte y Literatura, La Habana, 2004, p. 236

[2] Ídem. p. 407

Amor América de Pablo Neruda

Antes de la peluca y la casaca
fueron los ríos, ríos arteriales;
fueron las cordilleras, en cuya onda raída
el cóndor o la nieve parecían inmóviles;
fue la humedad y la espesura, el trueno
sin nombre todavía, las pampas planetarias.
El hombre tierra fue, vasija, párpado
del barro trémulo, forma de la arcilla;
fue cántaro caribe, piedra chibcha,
copa imperial o sílice araucana.
Tierno y sangriento fue, pero en la empuñadura
de su arma de cristal humedecida,
las iniciales de la tierra estaban
escritas.
Nadie pudo
recordarlas después: el viento
las olvidó, el idioma del agua
fue enterrado, las claves se perdieron
o se inundaron de silencio o sangre.
No se perdió la vida, hermanos pastorales.
Pero como una rosa salvaje
cayó una gota roja en la espesura,
y se apagó una lámpara de tierra.
Yo estoy aquí para contar la historia.
Desde la paz del búfalo
hasta las azotadas arenas
de la tierra final, en las espumas
acumuladas de la luz antártica,
y por las madrigueras despeñadas
de la sombría paz venezolana,
te busqué, padre mío,
joven guerrero de tiniebla y cobre,
o tú, planta nupcial, cabellera indomable,
madre caimán, metálica paloma.
Yo, incásico del légamo,
toqué la piedra y dije
Quién
me espera? Y apreté la mano
sobre un puñado de cristal vacío.
Pero anduve entre flores zapotecas,
y dulce era la luz como un venado,
y era la sombra como un párpado verde.
Tierra mía sin nombre, sin América,
estambre equinoccial, lanza de púrpura,
tu aroma me trepó por raíces
hasta la copa que bebía, hasta la más delgada
palabra aún no nacida de mi boca.

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