La Paloma no será Gavilán

Norelys Morales Aguilera

Cuando el proverbial gracejo y optimismo del cubano campea por su aleqm5j4dzg7dy6zlnbg7zaf2ijn7fssbgrespeto frente a un nuevo huracán, alguien se despide de mí con sonrisa y picardía: “Chica, que la Paloma no llegue a Gavilán”.

Llamo a Santa Clara para saber de unos amigos y la anciana de la casa no obvia la referencia a la más grande catástrofe natural que trajo un meteoro a Cuba: “Fue un 9 de noviembre el ciclón de Santa Cruz”.

¿Coincidirá la fecha de Paloma con el ciclón de Santa Cruz?

Elsa Ferrer rememora el fatídico día de 1932 y siente aún a los cuatro hermanos que no llegó a conocer, recuerda que su padre fue el único que sobrevivió de siete hijos, y su memoria está intacta del dolor familiar. Ella es alguien, que como tantos en Cuba, aún reviven las 3500 muertes de ese día. De generación en generación pasa la historia.

Las autoridades llegaron al poblado costero del sur de Camagüey cuatro días después de la tragedia. El día anterior a la subida del mar los partes meteorológicos eran contradictorios y muchos vecinos ni se enteraron. Los lugareños vieron el tiempo raro, la marea subía lentamente y salió el sol rojísimo.

Dicen los meteorólogos que no hay dos ciclones iguales, pero uno de los componentes de mayor peligro de estos fenómenos es la llamada Marea de Tormenta o Surgencia, consistente en una sobre elevación del nivel del mar que se produce en la costa al penetrar el centro del meteoro en tierra. Eso fue lo sucedido en Santa Cruz.

Las tormentas tropicales se convierten en huracanes cuando los vientos máximos sostenidos son iguales o superiores a los 118 kilómetros por hora. Poseen una extensa zona de influencia de nublados con lluvias, que en dependencia de las características propias de cada organismo, puede alcanzar un diámetro entre 400 y 800 kilómetros, o mayor.

Otro factor en extremo peligroso es la fuerza del viento, sobre todo cuando el huracán es de categoría 3 en adelante (vientos máximos sostenidos superiores a los 177 kilómetros por hora), además de las intensas lluvias en aquellos que suelen venir acompañados por fuertes precipitaciones y se mueven con lentitud.

SIETE DÉCADAS DESPUES, “PALOMA”

Este huracán nombrado Paloma, el octavo de la temporada en el Atlántico, tiene categoría uno en la escala de intensidad Saffir-Simpson, de un máximo de cinco, y se desplaza hacia el norte a 15 kilómetros por hora.

El Instituto de Meteorología pronostica que para el fin de semana continuará ganando algo más en intensidad, mientras se desplaza con similar rumbo y velocidad de traslación, inclinado su trayectoria hacia el nordeste. El centro y oriente del archipiélago cubano son los más amenazados.

La Defensa Civil cubana llama a garantizar “la protección de la población y los recursos económicos en áreas de riesgo, con énfasis en las personas e instalaciones que se mantienen afectadas por el paso de los recientes huracanes”.

Las emisoras locales transmiten a la población y las entidades estatales recordatorios sobre las medidas que deben tomar para preservar bienes y muy especialmente la vida de las personas.

Los servicios médicos y otros imprescindibles están activados y los ciudadanos toman sus medidas de precaución o se preparan para ser llevados a zonas y albergues seguros.

Paloma se formó el pasado miércoles como depresión tropical sobre el Caribe cerca de la frontera este de Honduras y Nicaragua. Después de Gustav, Hanna e Ike, Paloma es el cuarto huracán que afecta a Cuba en esta temporada, que termina el 30 de noviembre.

El hecho resalta entre los cubanos y especialmente entre los que aún se recuperan o trabajan por resarcir los daños, que las cifras oficiales sitúan cercanos a los 8 mil millones de dólares.

La coincidencia en el día del calendario con el 9 de noviembre, que recuerda los sucesos trágicos en el poblado de Santa Cruz, no toma a los nacionales en las mismas circunstancias.

El más grande ciclón o la mayor marea, no hallará lugar desprotegido ni ciudadano desprevenido. Como un avispero miles y miles de cubanos volvieron a activar los mecanismos de protección contra los desastres y está probado que resultan.






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