Marx sigue vigilando

La nueva izquierda europea

Las soluciones burguesas a la actual crisis capitalista oscilan entre un vago “refundar el capitalismo” de los europeos y la cerrada oposición de los estadounidenses a introducir cambios importantes en el modelo neoliberal vigente.
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En realidad, las diferencias no son de momento muy profundas y dada la actual correlación de fuerzas entre capital y trabajo no parece realista esperar que los gobernantes de los países ricos vayan a ir demasiado lejos en sus reformas.

Lo más probable es que acepten las propuestas de los grandes centros de poder financiero, es decir, establecer tenues controles a la economía conservando lo esencial del predominio del mercado. Hasta el FMI, uno de los principales responsables de la crisis, mantendrá su papel tras un conveniente lavado de cara.

Por fortuna no todo el guión se escribe en los grandes centros de poder y el malestar ciudadano comienza a manifestarse de manera significativa. La protesta obrera en Europa renace al calor de los despidos masivos y cierres de empresas, el descenso del poder adquisitivo y sobre todo las preocupantes perspectivas de futuro.

A la calle salen indignados los obreros de Alemania, Francia, Italia y España, coincidiendo con grandes huelgas estudiantiles, posiblemente como el preámbulo de un agitado período de malestar social.

En este contexto debe destacarse la consolidación de una nueva izquierda, particularmente en Alemania y Francia.

En Alemania Die Linke ya es una realidad no sólo como proyecto ideológico sino como una fuerza política a tener en cuenta a nivel federal. Este partido nace como resultado de la fusión de antiguos comunistas y una importante escisión de la socialdemocracia, dirigida por Oskar Lafontaine, una destacada figura del SPD.

En Francia, se trata de varias iniciativas con bastantes probabilidades de consolidar un frente de fuerzas sociales, sindicales y políticas opuestas a un Partido Socialista irrelevante, alejado de sus posiciones ideológicas y cada vez más dividido y enfrascado en luchas intestinas intrascendentes.

Las propuestas su líder más destacada, la señora Royal, coinciden en aspectos sensibles con el programa de Sarkozy, igual que ocurrió ayer con el Laborismo británico de Blair o los programas de gobierno de Schröder, ambos, versiones dulcificadas del neoliberalismo.

El próximo 29 de noviembre tendrá lugar el Paris el lanzamiento del nuevo Partido de Izquierda (PdG) encabezado por el senador Jean-Luc Mélenchon, un histórico del socialismo galo, acompañado de otros importantes ex dirigentes del PS y de destacados sindicalistas.

Su propósito es alcanzar una alianza con el Partido Comunista y con el Nuevo Partido Anticapitalista de Olivier Besancenot.

Tanto en Alemania como en Francia los más perjudicados son sin duda los partidos socialdemócratas, el PS y el SPD, ambos en declive (también electoralmente) y ambos enfrentados a nuevas fuerzas de izquierda en ascenso.

El PdG se define como internacionalista, pacífico, europeo y solidario. Este ideario bien podría interpretarse como una iniciativa política contraria a las aventuras imperialistas de la OTAN en las que la derecha tradicional y el mismo PS han embarcado a Francia (además de las muy conocidas operaciones neo coloniales de Paris en África).

Por otra parte, y en relación a su programa europeo, Mélenchon aboga por el…”Respeto a la soberanía del pueblo, armonización de las normas sociales europeas alineándolas con las mejores que existen en cada país-y no con las peores- y planificación ecológica” (Público, Madrid, 14 de noviembre/08), una propuesta que se entiende mejor si se recuerda cómo el gobierno de Sarkozy avanza en el proyecto neoliberal desconociendo el amplio rechazo popular a la llamada “constitución europea”, precisamente por el abandono de la idea de una Europa social y la instauración en su lugar de la denominada “Europa de los mercaderes”.

Respetar entonces la soberanía popular no es una simple consigna demagógica; recoge una reivindicación muy sentida ante el secuestro de las decisiones políticas por parte de una minoría incontrolada de grandes grupos de capitalistas y la esterilidad creciente de lo que se supone la expresión de la soberanía popular: el voto.

Regresar a las mejores tradiciones del socialismo europeo tampoco es una cuestión menor ante la deriva ideológica y política de los partidos socialdemócratas del Viejo Continente.

La aguda crisis del SPD alemán tiene sus raíces inmediatas en las políticas del sr. Schröder, de tan marcado carácter neoliberal. No es por azar que el partido pierda fuerza entre el electorado maduro y crítico de la izquierda alemana.

¿Por qué tendrían que dar su voto al SPD las clases trabajadoras si desde el poder este partido se convierte en un simple administrador de los intereses del capitalismo y abandona hasta sus fundamentos reformistas más exitosos?

En tal caso, mejor que gobierne directamente la derecha y asuma así todas las consecuencias ante la ciudadanía.

Otro tanto puede decirse del PS francés, sin norte ideológico y sin programa social, convertido en una olla de grillos que consume sus mejores energías en resolver divergencias internas de menor calado y cuestiones secundarias de caudillismos y personalismos (al menos para el afiliado y el votante que esperan otra cosa de su partido ante una situación de profunda crisis como la actual).

De momento el PdG es una posibilidad. Habrá que ver hasta dónde llegan sus compromisos ideológicos y su programa político para saber si es realista una alianza con los comunistas y el llamado Nuevo Partido Anticapitalista.

Pero no cabe duda que esta vez se trata de alternativas políticas con bases sociales suficientes y perspectivas electorales nada desdeñables que cambiarán el panorama político europeo de manera significativa.

Desde otra perspectiva, menos inmediata, queda por saber qué recorrido tendrán estas fuerzas de la nueva izquierda, en particular si se limitan al rescate del ideario reformista del socialismo (completamente abandonado por los partidos socialdemócratas) o si por el contrario su propósito es superar el actual orden social y dar nacimiento a otro radicalmente diferente (en la línea del “otro mundo posible y necesario” que proclaman los movimientos sociales).

Si el rol de esta nueva izquierda se limitara a un regreso a las formas clásicas del Estado del Bienestar, es decir, si lo realmente posible ahora fuese movilizar a la ciudadanía para obligar al capital a un nuevo pacto social con el mundo del trabajo, no cabría abrigar dudas sobre su importancia y necesidad.

Para las mayorías sociales sería de enorme beneficio propinar una derrota importante al capitalismo neoliberal, al predominio incontestable del mercado, a la economía de casino y al encumbramiento social de capitalistas y políticos mafiosos y esperpénticos que encarnan los peores vicios del sistema.

Ahora bien, podría ocurrir que ese regreso a formas clásicas del Estado del Bienestar (a ese capitalismo “con rostro humano”) y la recuperación de una cultura basada en el principio de la solidaridad social (y no de la competencia) y el respeto al medio ambiente ocurra ya no bajo la hegemonía de los propietarios del capital -como hasta ahora- sino bajo el predominio de las fuerzas sociales del trabajo.

La cuestión será entonces si vale la pena mantener el capitalismo (así sea “humanizado”) o si por el contrario se alcanza un consenso social amplio y claro que posibilite no ya la “refundación del sistema” sino su desmantelamiento definitivo y el nacimiento de una nueva civilización. Marx se removerá gustoso desde su tumba.

Juan Diego García

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