Los hambrientos no cuentan.

BancoMedios_Imagenes_hambre niño

Los maniacos que aparentemente están al control de este mundo, sus gobernantes, gastan más de 800.000 millones de dólares cada año en la compra de armas, según la Agencia para el Control de Armamentos y el Desarme.

O sea, unos 2.500 millones de dólares cada día. Más de un millón de dólares cada hora. Más de 16.000 dólares cada minuto.

Jeffrey Sachs, experto economista, director del Instituto de la Tierra y asesor de Kofi Anan cuando éste era presidente de la ONU, escribe que unos “8 millones de seres humanos mueren todos los años en este mundo porque son demasiado pobres para sobrevivir”.

Más de 20.000 cada día. Más de 900 cada hora. Más de 15 cada minuto.

Dividiendo la cifra anual de dólares gastados en armas entre el número de personas muertas por el hambre y sus males derivados (así: 800.000.000.000 / 8.000.000), se obtiene que por cada uno de estos muertos la industria armamentística hace ventas por 100.000 mil dólares cada año.

Eso sin contar las cifras de lo que se gastan en I+D para hacer cada vez más potente y veloz su armamento, más mortífero.

Aritmética canalla. Si tan siquiera una mínima parte de toda esa fortuna fuera invertida de otra manera, hasta sobraría para que coman también aquellos a los que el hambre no mata, pero los acompaña toda su vida.

Estados Unidos, potencia de potencias y campeón de la libertad y de los derechos humanos, suministra el 46%, casi la mitad, del material con el que todos van reventándose, agujereándose y destripándose unos a otros por ahí.

Lo irónico es que las armas son dizque para defendernos.

¿Para defendernos de quién?¿De los hambrientos?

Esos no cuentan… Se les dispara cuando asaltan la tienda, y ya está. Poca bala que vender. Ya morirán de hambre. Además, pueden intentar dar su golpe a punta de cuchillo. Es un mundo ingrato.

Y aunque carteras como Irak y Afganistán podrán dar rápidos dividendos, es justo también reconocerlo: pocos campos en este planeta tan abnegadamente fieles y siempre fértiles durante las últimas décadas como el territorio colombiano; tan estable y tan seguro para los señores inversionistas, esos que facturan armas por 2.500 millones de dólares cada día mientras más de 20.000 prójimos mueren de hambre ese mismo día.

Por conductos encubiertos o manifiestos, sus armas terminan en manos de todos los bandos, en un democrático ejemplo de aplicación del principio de igualdad al estilo del libre comercio.

Ese libre comercio que, como consuelo, también permite que las potencias adquieran algunos artículos producidos por sus fieles clientes, a pesar de la maraña de barreras proteccionistas impuestas por el norte cuando le compra al sur.

Pero, eso sí, a través de un proceso de intercambio, entre ese norte y ese sur, que el escritor uruguayo Eduardo Galeano (una de las voces vivas más honestas de la conciencia de la humanidad) define en su Diccionario del Nuevo Orden Mundial, así:

“Mecanismo que permite a los países pobres pagar cuando compran y cuando venden también. Una computadora cuesta, hoy día, tres veces más café y cuatro veces más cacao que hace cinco años (Banco Mundial, cifras de 1991).”

Esta máquina de generar pobreza e ignorancia protege las futuras inversiones, manteniendo abiertos los nichos de mercado. Y así sucede por todo el mundo.

Este tipo de delincuencia es tan común como la común.
Fragmentos del artículo “Una delincuencia tan común como la común” del periodista colombiano Carlos A. Sourdis Pinedo.

Relacionado:
Diccionario del Nuevo Orden Mundial. Eduardo Galeano.

votar

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s