Los terrícolas frustrados.

Darío L. Machado Rodríguez.

Vivimos en el planeta Tierra. Para todos sin excepción sale el sol todos los días, nos servimos del oxígeno que almacena la única atmósfera de la que disponemos y sufrimos, todos, la sostenida elevación de la temperatura global. La biosfera está en peligro y con ella todos los seres vivos, incluyéndonos, como recordara Fidel en la Conferencia de Río de Janeiro, a los seres humanos. Hoy más que nunca la humanidad necesita sensatez, buen juicio y, sobre todo, solidaridad. Sin esos ingredientes no tendremos oportunidad de salir de esta peligrosa encrucijada.

Las previsiones de los científicos estipulan que, de seguir como vamos, la temperatura media de la superficie del planeta habrá aumentado entre 1,4 y 5,8° C antes que termine el presente siglo. Los polos se derretirán, los océanos y mares aumentarán su caudal, las pequeñas islas y las grandes ciudades construidas en las costas y a la vera de los ríos estarán seriamente amenazadas de desaparecer, morirán numerosas especies vivas, los huracanes serán aún más intensos y fuertes, las inundaciones alternarán con las sequías, la radiación solar será más intensa y peligrosa para la salud humana, la lluvia ácida afectará gravemente los suelos. Es difícil imaginar el Apocalipsis en ciernes.

Aunque el término ecología (del griego “oikos”: casa y “logos”: estudio o tratado) lo propuso el científico Ernst Haeckel en 1869, cuando no se vislumbraba el enorme peligro que el desarrollo industrial capitalista traería aparejado y durante décadas era sobre todo asunto de científicos ocupados en conocer las relaciones de los seres vivos con el medio ambiente, fue recién a partir de mediados del siglo pasado que el término cobró mayor connotación y conocimiento popular en la medida en que los estragos del metabolismo económico del capitalismo se hicieron más evidentes en la naturaleza y en el propio ser humano.

Pero la velocidad de incremento de la conciencia del desastre inminente y la disposición a enfrentarlo es dispareja. Parece pura esquizofrenia, incapacidad de explicarnos lo que nos está sucediendo, por más que la conocida parábola de la catástrofe aérea en la que perecen todos, los que viajan en clase turística, los que viajan en primera y los que conducen el avión, es sencilla y harto comprensible.

Sin embargo, hay explicación. Y ella se encuentra en el propio sistema capitalista mundial, en el individualismo y egoísmo propios del liberalismo y del neoliberalismo, una realidad diametralmente opuesta a la solidaridad imprescindible para enfrentar con alguna posibilidad de éxito tan complejo problema, quizá el más difícil de todos los dilemas de la historia.

A Copenhague había que ir, pero no todos los que se reunieron en esa Cumbre fueron a ella con igual disposición de poner primero los intereses estratégicos de la especie humana y ser consecuentes con ello, lo que incluye renunciar al consumismo, al despilfarro irresponsable de los recursos no renovables, a la carrera armamentista, al hegemonismo y a la guerra, y adoptar una actitud amigable hacia la naturaleza y hacia todos los seres humanos. Es que la humanidad sufre una crisis de representación.

Cabe entonces hacernos algunas preguntas, tenemos derecho a ello como terrícolas. ¿Quiénes asisten a esas cumbres? Una respuesta rápida sería: los representantes de los gobiernos electos, el poder político de las naciones. Pero cuál es la relación de esos políticos con el poder económico, ese que siempre está ahí y que no se somete nunca a la prueba de las urnas. ¿Cuáles son las voces que realmente hablan en esos encuentros? ¿A cuáles intereses defienden? ¿A quiénes representan verdaderamente?

La propuesta del Presidente de Bolivia, Evo Morales, es tan elemental como sabía: ahí no habría acuerdo.

Repasemos la historia reciente. En Río de Janeiro se convocó la ya mencionada Conferencia sobre Medio Ambiente; luego pasaron 5 largos años antes de que se produjera en Kyoto la Tercera Conferencia de las Partes de la Convención sobre Cambio Climático y se firmara el protocolo que los Estados Unidos no ratificaron y más tarde abandonaron siendo presidente el perturbado George W. Bush. El Protocolo de Kyoto iniciaba el compromiso de disminuir las emisiones de gases con efecto invernadero, algo que debería lograrse en 2012, o sea, apenas ya dentro de 3 años. La realidad es que la emisión de CO2 como resultado de quemar carbón, petróleo y gas aumentó más de un 40% y que esta Cumbre de Copenhague tiene lugar 12 años después de firmado el ya lánguido Protocolo de Kyoto.

Consecuentes con su empobrecida ideología, el gobierno norteamericano ofreció en Copenhague un puñado de dólares devaluados y en lo adelante quizá más devaluados aún, para contrarrestar los efectos del cambio climático en los países subdesarrollados, o sea, prometió paliar los efectos sin eliminar las causas, papeles por salud y vida, un ofrecimiento mercantil vulgar, un pago irrisorio por daños y perjuicios. Ya lo expresó con claridad y profundidad en la Cumbre de Copenhague el presidente venezolano Hugo Chávez: “El capitalismo está amenazando con acabar con la vida. Si el clima fuera un banco ya lo habrían salvado” sentenció.

Las soluciones tienen que venir de la mano de otra lógica, de otro modo de apreciar la vida, de otro concepto de bienestar y de felicidad. No habrá solución posible al gravísimo problema del cambio del clima si no logramos primero un clima de cambio, que implica, de últimas, un modo de vida diferente, un concepto de calidad de vida distinto al impuesto por el capitalismo tardío.

Sobrada razón tiene Evo Morales cuando reconoce y denuncia las diferencias entre los presidentes presentes en la Cumbre. Cuando propone un camino democrático para enfrentar el problema: un referendo mundial vinculante, está en esencia planteando cinco acciones que solo podrán realizarse si se anteponen los derechos de la humanidad al egoísmo y la ambición: restablecer el equilibrio ecológico, eliminar el consumismo y el despilfarro, reducir las emisiones de gas invernadero, convertir el presupuesto de la guerra en un presupuesto para la defensa del medio ambiente y constituir un tribunal de justicia climática para juzgar a quienes atenten contra la naturaleza.

Lo que ha ocurrido puertas adentro de la Cumbre nada tiene en común con la democracia: obstáculos, acuerdos a puertas cerradas, propuestas mediocres, engaños y demagogia. Los terrícolas estamos frustrados con la Cumbre, pero con mayor conciencia para comprender las verdaderas causas del problema y actuar en consecuencia. Tampoco lo ocurrido puertas afuera donde fueron brutalmente reprimidos los activistas ecológicos que allí reclamaban lo que finalmente no se logró.

Hay que luchar. El desarrollo sostenible es un deber elemental de cada país, de cada región, de cada localidad. Hay que poner a la ciencia y a la tecnología al servicio de ese desarrollo y no levantarles un altar esperando que resuelvan los problemas del capitalismo para que todo siga con la misma lógica perversa. Y hay que actuar con justicia y no descargar, una vez más, las peores consecuencias sobre los países pobres y en vías de desarrollo.

Cuba es el único país del mundo que cumple con los requisitos de un desarrollo sostenible, según el informe del Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF por sus siglas en inglés) de finales de 2006. Las dos variables que se emplearon para el estudio fueron: el IDH (Índice de Desarrollo Humano de la ONU) y lo que denominaron “huella ecológica” que se refiere a la energía y los recursos por persona que se consumen en cada país. Los resultados de Cuba cubrieron los criterios mínimos para afirmar que el desarrollo es sostenible.

Entrevistado entonces por la agencia EFE, Jonathan Loh, uno de los autores del informe dijo: “No significa, por supuesto, que Cuba sea un país perfecto, pero sí que es el que cumple las condiciones” y añadió “Cuba alcanza un buen nivel de desarrollo según la ONU gracias a su alto nivel de alfabetización y una esperanza de vida bastante alta, mientras que su ‘huella ecológica’ no es grande al ser un país con bajo consumo de energía”.

Efectivamente, la sociedad cubana como promedio está por debajo de los niveles de consumo que necesita, en primer lugar por el feroz bloqueo económico de los EEUU, precisamente la potencia que más gases de efecto invernadero emite a la atmósfera, pero en el fondo subyace un criterio de bienestar y calidad de vida diametralmente opuesto al del capitalismo que pone el énfasis en el ser humano, la justicia, la equidad y la inclusión.

El nuevo informe de WWF en 2008 no destaca el que más países se hayan sumado al desarrollo sostenible. James Leape, director general de WWF en su análisis expresa que: “El mundo está preocupado por las consecuencias de haber sobrevalorado sus recursos financieros. Sin embargo, lo que realmente amenaza a la sociedad es la crisis del crédito ecológico causada por infravalorar el capital ambiental, base de la supervivencia y la prosperidad.”

El informe revela que más del 75% de la población mundial vive en países en los que el consumo nacional está por encima de su propia capacidad biológica, lo que los convierte en “deudores ecológicos” del planeta. Leape añade en el texto que “Muchos de nosotros estamos manteniendo un estilo de vida y crecimiento económico gracias al uso y extracción del capital ecológico de otras zonas del planeta”.

Tal es la magnitud del problema que de seguir como vamos, dentro de apenas 20 años harán falta dos planetas Tierra para mantener los niveles de crecimiento que satisfagan el estilo de vida prevaleciente, que es el que ha conformado el capitalismo como modelo de bienestar.

Sólo cuando se cobre suficiente conciencia del lujo obsceno en el que viven las sociedades y los sectores opulentos y derrochadores y se abra paso en el mundo la verdadera democracia, la del pan, el trabajo, la salud, la educación, la cultura, la solidaridad, la hermandad entre los seres humanos, podremos comenzar a hacer lo que hace rato debimos haber hecho. Pero no será un camino fácil. Es además, un problema demasiado importante para dejarlo en manos irresponsables y egoístas.

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Un pensamiento en “Los terrícolas frustrados.

  1. Muy buena tu conclusión sobre los resultados de esta fracasada cumbre. Hasta hace un tiempo se hablaba del problema que íbamos a dejar a las futuras gneraciones, estos dirigentes inútiles y egoistas no toman conciencia que el problema y sus consecuencias ya nos afectan a todos.
    Saludos cordiales

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