¿Populismo chic?

Eliades Acosta Matos

El conservatismo tradicional no liga con las doctrinas y prácticas políticas que pregonen la participación activa del pueblo en la vida social. Siempre que se trata de conservar algo, ello remite, por necesidad, a una supuesta Edad Dorada dejada atrás por los extravíos de la razón modernista, y por lo que de nocivo para las jerarquías inmutables trae siempre consigo la avalancha de las masas en los escenarios que antes le estaban vedados.

Edmund Burke, aquel teólogo inglés del siglo XVIII, que resumió como nadie el espanto de la aristocracia y el clero del Ancient Regime ante el espectáculo subversivo de una Francia revolucionaria que se había atrevido a guillotinar a sus monarcas, y que arrojaba sin piedad las reliquias milagreras de los santos a las mismas alcantarillas parisinas que nos descubriese luego Víctor Hugo en “Los Miserables”, es considerado, con razón, como uno de los fundadores del conservatismo moderno. Desde entonces revolución y masas rebeldes, o La Plaga, como les llamase Burke, son las bestias negras de toda élite conservadora respetable. Y así lo fue para las diferentes variantes del conservatismo norteamericano, hasta las décadas de los 60 y los 70, cuando el populismo de la Nueva Izquierda fue simétricamente combatido por el populismo de la Nueva Derecha.

La Nueva Derecha fue la organización política de los sectores conservadores radicales norteamericanos, ubicados sociológicamente, aunque no de manera exclusiva, entre la clase media baja de los estados del Oeste, Medio Oeste y Sur del país, en lo fundamental, blancos y anglosajones. Institucionalizada a través de organizaciones y comités políticos como el Conservative Caucus y Young American for Freedom; liderada por políticos como Paul Weyrich, Pat Buchanam y Howard Phillips, y con el apoyo de editoriales como Conservative Digest y Green Hill Publications, la Nueva Derecha logró hacerse de una base de masas y recaudar fondos tan importantes como para convertirse en la cuarta fuerza política del país, solo superada por los dos partidos más poderosos y los sindicatos.

Su ideario, compuesto de racismo, xenofobia, antiestatismo, oposición a los impuestos y la inflación, enemigo de las minorías, la liberación de la mujer, el aborto y el control de armas, propenso siempre a las soluciones bruscas y simplistas de los problemas, defensor de la ley el orden, y del uso de la fuerza, resumía los miedos profundos de una clase media espantadiza e insegura ante los avances de las masas trabajadoras, precisamente en una década convulsa y signada por contradicciones agudas de clase, y también, su desconfianza hacia la alta burguesía liberal y aristocrática, culta y refinada, a la que consideraba ajena a los valores tradicionales de la nación. Ya para 1976, en palabras del neoconservador Irving Kristol citadas por Mark Lilla (“Los peligros del populismo chic”, en The Wall Street Journal”, 9 de noviembre del 2008.) “la paranoia populista estaba subvirtiendo a las instituciones y autoridades”. Contrariamente al conservatismo tradicional, incluso al neoconservatismo de los inicios, del cual era uno de los máximos exponentes el propio Kristol, un feroz anti-intelectualismo y un empobrecimiento conceptual extremo fueron los rasgos predominantes en este populismo derechista. Antes de la irrupción del fenómeno, según Lilla, a los conservadores o neoconservadores de la talla de Normand Podhoretz, Jeanne Kirpatrick, Nathan Glazer o Gertrude Himmelfarb, “había que tomar en serio, estuviésemos o no de acuerdo con sus puntos de vista”.

Pero ha aquí que este antinatural ayuntamiento, por simple oportunismo, de políticas hegemónicas y elitistas, con un populismo de comparsa y relumbrón, ha provocado el nacimiento de un engendro en la derecha norteamericana, tan aborrecible y amorfo, como peligroso. El proceso de concepción y alumbramiento de esta criatura contrahecha e inquietante del cual son Sarah Palin y el Tea Party Movement apenas los rostros visibles, pero no los creadores, arrancó desde aquella Nueva Derecha de los 60 y 70, y continuó durante los últimos 25 años, según Lilla,… “creciendo con una generación de escritores (y políticos) conservadores que no cultivaron ninguna de las virtudes intelectuales de sus mayores… Su papel ya no consiste en educar ni en convencer, sino en promover una tendencia populista contra todas las clases educadas. Se burlan de los consejos de economistas que han ganado Premios Nobeles y elogian la sabiduría de los plomeros. Ridiculizan a embajadores y diplomáticos mientras promocionan a chauvinistas que nunca han viajado al extranjero… Este populismo chic es la inversión del radicalismo chic de los 70, y no menos absurdo… Por algo los conservadores tradicionales siempre han sospechado del populismo”.

Pero más allá de su obvia deformidad, el populismo chic es también la jugada desesperada de los neoconservadores de “The National Review” y “The Weekly Standard”, arrinconados por el éxito popular de la candidatura liberal de Barack Obama. Siendo como es el neoconservatismo desde su origen, la imagen invertida del socialismo marxista, del cual desertaron sus principales fundadores, precisamente usada para desmovilizar y confundir a sus enemigos de clase, utilizando enfoques, categorías y discursos similares, pero cuidadosamente vaciados de su contenido inicial, y con signo contrario, no debe extrañarnos que contra el populismo liberal se esté vertebrando este populismo conservador.

En Town Hall.com, el portal digital diario del neoconservatismo norteamericano, se percibe fácilmente el ascenso de la marejada populista. Eso explica que John Hawkins, entre las diez reglas que recomienda para “los políticos conservadores radicales que luchan contra el gobierno”, ubique que “el trabajo en la base es tu amigo, y usa toda tu fuerza para ayudar a la gente”, junto a frases como que “siempre hay algo que atacar en los programas del gobierno,… y no necesitamos nuevas leyes, sino cambiar el sistema”. O que Larry Kudlow defina lo que quieren los votantes como la mezcla de “…sentido común tradicional, políticas de centro-derecha y libre empresa”, por lo que ha llegado el momento de que el gobierno se aparte y deje que el pueblo norteamericano prospere”. O que ese gurú de los neocons que es Charles Krauthammer señale que “para los liberales la observación de que “los campesinos es estén rebelando”, sea apenas una tontería, mientras que para los conservadores sea causa de un extraño optimismo…,pues independientemente de lo lejos que llegue el péndulo ideológico, al final triunfará el sentido común del pueblo norteamericano, que ya ha empezado a contraatacar, reorganizarse y reorientarse”.

Mucho más lejos llegó Toni Blankey al analizar el papel que viene jugando y que se espera juegue Sarah Palin, de cara a las elecciones del 2012. Ya no se trata de avituallarla con la parafernalia lujosa y el glamour de ropas, zapatos, maquillajes y accesorios para el que se dedicó un cuarto de millón de dólares, cuando fue compañera de fórmula de Mc Cain, sino de presentarla como “la abogada nacional que más efectivamente está defendiendo los valores y principios tradicionales de los Estados Unidos, precisamente en momentos en que los programas izquierdistas (del presidente Obama) han fallado de manera tan notoria”.

Corresponde a Blankey uno de esas frases que a fuerza de absurdas dan que pensar, especialmente teniendo de fondo un panorama y un electorado como el de su país. “Como soldado de a pie que luchó por el triunfo de Reagan, desde las primarias de 1966 en California-ha escrito- recuerdo el desdén con que el establishment político de ambos partidos recibió a Reagan… Ronald Reagan fue el Sarah Palin de su tiempo…”

Pero aún hay mucho que manipular, invertir, torcer, engañar y rezurcir. Según la última encuesta del “Washington Post y ABC News”, el 71% de los norteamericanos, incluyendo a los republicanos, “sienten que la Palin no está calificada para ser Presidente del país”.

Precisamente por eso, y recordando lo que significaron para la Humanidad los dos mandatos de Reagan, y los dos de ese esperpento guiado por los hilos de los neconservadores del Proyecto para un Nuevo siglo Americano, que fue George W. Bush, es que sobran las razones para andar preocupados.

De las crisis no solo se puede salir hacia la izquierda, sino también hacia la derecha. Y cuando un puñado de doctrinarios, fundamentalistas religiosos, adoradores de la Confederación esclavista, xenófobos y anti-intelectuales unen sus destinos al del Complejo militar industrial, las agencias de inteligencia, el lobby sionista y las grandes corporaciones, no sé por qué vienen a la mente las imágenes tenebrosas de aquel otro populismo, el que emergió de la crisis europea de postguerra reptando desde las cervecerías de Múnich hasta plantar su estandarte maldito en las principales capitales europeas y dejar tras de sí a millones de muertos.

Poe supuesto: no hay nada chic en ello.

Fuente: Cubadebate

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